¿Por qué mentimos?

A menos que hablemos de un transtorno psicológico llamado mitomanía, mentimos por miedo. Lo hacemos porque, de forma consciente o no, pensamos que mentir nos ayudará a evitar, facilitar o posponer las consecuencias que la verdad podría tener ante una situación.

Mentir, sin embargo, por lo general empeora las consecuencias cuando llega el momento de enfrentar la verdad. Después de mentir, es más, solemos tener que enfrentar las consecuencias de nuestras mentiras también, duplicando el problema... sin mencionar que las personas nos considerarán cada vez menos confiables a medida que nuestras mentiras se vayan descubriendo.

¿Deseas un ejemplo? Te daré dos: Piensa en los abogados. Ese es un mundo en el que todos los contratos deben ser escritos muy cuidadosamente y de manera muy específica para que ninguna de las partes saque ventaja de ninguna ambigüedad o error y las cosas se mantengan tal como se acordaron en la negociación. Como consecuencia, los contratos están llenos de complicaciones, textos redundantes y requieren muchísimo análisis y desconfianza.

Ahora compara esto con el mundo del teatro: Este es un mundo en el que, en general, la palabra de una persona es suficiente. Después de todo, todos saben que cada vez que alguien falle y no esté allí "todos los martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos antes de las seis de la tarde", como se acordó, la obra no podrá ser realizada; y todos pierden su tiempo, dinero y reputación.

La honestidad no siempre parece ser la mejor opción, pero siempre paga mejores dividendos a largo plazo.


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