Cuaderno de bitácora

Echar al viento las carnes, arder de silencios,
y desde el olvido, arrojarse
sin tener más asidero que el dolor insoportable
de saberse limitada. Frágil.

Las palabras son cicatrices por donde se fugan
rebaños de esperanzas.
Fértiles sinfonías que se pierden
en el horizonte de los párpados.
El día, es una alforja de incienso y cenizas

Sobre umbrales de nombres mi sombra
es desguazada por el destral de la costumbre.
La razón, lanza su red...
Impiadosa coraza que asfixia mi corteza.
Sangra mi sabia.
Gimen mis alas.

Tensar los instantes y ensanchar los límites del pecho,
clavar las pupilas en el silencio y levar anclas.
No volverse a socorrer al latido de los besos,
que han quedado aprisionados entre espejismos y velos.

Sentir que el viento siembra espinas en tus aguas,
y al mar arrojar dardos a tu vela.
Aprender a tallar en el cuaderno de bitácora,
libertadores vocablos, jamás cadenas.
Para que nadie sepa —jamás— si en el viaje
los ecos del miedo me pusieron piedras.

Aprender que el salitre se torna azúcar,
cuando se ha bogado el alma, a cielo abierto,
con el sangre alerta
para discernir si la playa me será refugio…
o...sólo arena.

© Beatriz Teresa Bustos


Beatriz Bustos escribe desde Argentina, y tomó parte con este poema del segundo concurso Heptagrama de poesía.


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